Serhii Horbunov en blanco y negro, con lágrimas, portada de la canción DIMITTO

DIMITTO

«DIMITTO» es mi nueva canción: la he compuesto, producido, mezclado y masterizado yo. Dimitto, en latín, significa «dejo ir». Se estrena el 27 de noviembre de 2026 en las plataformas de streaming. Mientras tanto, aquí tienes el adelanto y la historia que hay detrás.

@sergiovidacom

DIMITTO. La barandilla fría bajo la palma. Aire salado. Noche en la terraza: el mar cerca, y se le oye respirar, inhala… exhala. En la mano, el móvil: luz blanca y fría en la cara. El corazón late tan fuerte que parece oírse en el silencio. Se me hace un nudo en la garganta. Así empieza mi noche junto al mar. Todo me resulta conocido: el borde áspero donde se desconchó la pintura, una lucecita lejana en el agua, un viento que huele a sal y algas. Salgo aquí cada noche, y el mar respira tranquilo, como siempre. El móvil es un móvil cualquiera. Hasta que el pulgar, por su cuenta, toca la pantalla. Una foto. Las palmas se me quedan húmedas y frías, y el aire deja de entrar en el pecho. Esos ojos… esa forma de entornarlos, las arruguitas en las comisuras, ese calor que antes lo ponía todo en su sitio. Apago la pantalla y dejo el móvil boca abajo en la barandilla. Miro el agua. Pero la luz se cuela por una rendija. Y vuelvo a darle la vuelta. Y la barandilla bajo mi palma se vuelve piel. Fina, casi de papel. Ese calor conocido se escapa gota a gota entre los dedos, por mucho que apriete. Escucho su respiración, cada vez más débil: inhala… exhala… inhala. Acompaso la mía a la suya, como si pudiera darle mi aliento. La mano aprieta más fuerte. Y cerca, en la oscuridad, solo se oye una respiración: el mar. Estoy aquí y estoy allí. Ya no hay vuelta atrás. Las olas llegan una tras otra. Zumbido en la cabeza tras tantas noches sin dormir. La boca seca. El pomo de una puerta, frío e inmóvil por mucho que tire. Las palabras se atascan en los labios, y en ningún idioma existen las que hacen falta. Espaldas que se giran cuando necesito una cara. Y luego una mirada: tranquila, atenta, casi desconocida, que ve todas mis grietas y aun así no se aparta. Y en el pecho, por primera vez en muchos días, algo se afloja: puedo respirar. Cierro los ojos tan fuerte que veo manchas. Y de pronto, calor en el hombro: un peso ligero, casi real, y cerca del oído un susurro: respira. Abro los ojos: viento frío donde había calor. Vacío. Pero se me queda grabado, y ahora sé adónde ir cuando me falta el aire. El pulgar sigue bajando. Un chat. Un nombre conocido arriba, y el corazón me da un vuelco. Escribo tres palabras. Las borro. Las escribo otra vez. El cursor parpadea, parpadea, parpadea. Abajo, el doble check gris. La garganta seca. Aprieto el móvil como entonces apretaba aquella mano, hasta que los nudillos se ponen blancos. El silencio me zumba en los oídos. Cierro los ojos y busco aquel calor en el hombro. A veces lo encuentro, a veces no. La pantalla parpadea y se apaga. La oscuridad se echa encima. Ni un sonido, ni una luz, ni un pensamiento: solo el mar, el nudo en la garganta y un frío que sube de los dedos al pecho. El que yo era antes se queda en esa oscuridad. Cierro los ojos con las pocas fuerzas que quedan. Calor en el hombro. Respira. Abro los ojos: vacío. Y vuelvo a cerrarlos, una y otra vez. Ser yo mismo la mano que no está. Decirme yo mismo: respira. Muy dentro, algo se mueve. Despacio, como el amanecer sobre el agua, que no ves hasta que el cielo ya clareó. Y otra vez la piel bajo los dedos, la respiración al compás del mar. El móvil apagado en una mano, la barandilla fría en la otra. Cierro los ojos, y hay calor en el hombro. Respira. Inhala… exhala… inhala. Los dedos tiemblan y se abren despacio: sobre la barandilla, sobre el móvil, ahí dentro. No de golpe, y no del todo. La palma queda abierta, y el viento la roza. Inhala… exhala. El mar respira, el mundo no se ha detenido. Ya es otro. La barandilla fría bajo la palma. Aire salado. La pantalla apagada, y no le doy la vuelta. La oscuridad sigue ahí, como antes. El nudo en la garganta se va, despacio, con una exhalación. El calor en el hombro no se ha ido. Sobre el agua empieza a clarear, apenas. Dentro del pecho algo brilla, tenue, y no sé cómo llamarlo. Inhala… exhala. Y del silencio nace la primera nota. No estoy solo. Estoy solo conmigo mismo

♬ original sound – Sergio

La historia

La barandilla fría bajo la palma. Aire salado. Noche en la terraza, el mar muy cerca, y se le oye respirar: inhala… exhala. En la mano, el móvil, con su luz blanca y fría en la cara. El corazón late tan fuerte que parece que se oye en el silencio. Se me hace un nudo en la garganta. Así empieza mi noche junto al mar.

Aquí todo me resulta conocido. El borde áspero de la barandilla, donde se ha desconchado la pintura. Una lucecita lejana sobre el agua. Un viento que huele a sal y un poco a algas. Salgo aquí cada noche, y el mar respira tranquilo, como ha respirado siempre. El móvil es un móvil cualquiera.

Hasta que el pulgar, como por su cuenta, toca la pantalla. Una foto. De repente las palmas se me quedan húmedas y frías. El aire deja de entrar en el pecho. Esos ojos… esa forma de entornarlos, las arruguitas en las comisuras, ese calor que antes lo ponía todo en su sitio. Ahora no. Apago la pantalla y dejo el móvil boca abajo sobre la barandilla. Miro el agua. Pero la luz se cuela por una rendija del borde. Y vuelvo a darle la vuelta.

Y la barandilla bajo mi palma se convierte en piel. Fina, casi de papel. Ese calor tan conocido se escapa gota a gota entre los dedos, por mucho que apriete. Escucho su respiración, y cada vez se oye menos. Inhala… exhala… inhala. Acompaso la mía a la suya, como si así pudiera darle mi aliento. La mano aprieta más fuerte. Y en algún lugar cerca, en la oscuridad, solo se oye una respiración: el mar. Estoy aquí, en la terraza, y estoy allí. Ya no hay vuelta atrás.

Las olas llegan una tras otra. El zumbido en la cabeza después de tantas noches sin dormir. La boca seca. El pomo de una puerta, frío e inmóvil, por mucho que tire. Las palabras se me atascan en los labios, y en ningún idioma existen las que hacen falta. Espaldas que se giran justo cuando lo que necesito es una cara. Y luego, una mirada. Tranquila, atenta, casi desconocida. Me mira como si viera todas mis grietas y aun así no apartara la vista. Y en el pecho, por primera vez en muchos días, algo se afloja, y puedo respirar.

Cierro los ojos con tanta fuerza que veo manchas. Y de pronto, calor en el hombro. Un peso ligero, casi real. Muy cerca del oído, apenas un susurro: respira. Abro los ojos. Viento frío donde hace un momento había calor. Vacío. Pero se me ha quedado grabado. Ahora sé adónde ir cuando me falta el aire.

El pulgar sigue bajando. Un chat. Un nombre conocido arriba en la pantalla, y el corazón me da un vuelco. Escribo tres palabras. Las borro. Las vuelvo a escribir. El cursor parpadea, parpadea, parpadea. Abajo, el doble check gris. Tengo la garganta seca. Aprieto el móvil con la misma fuerza con la que entonces apretaba aquella mano. Se me ponen blancos los nudillos. El silencio me zumba en los oídos. Cierro los ojos y busco aquel calor en el hombro. A veces lo encuentro, a veces no.

La pantalla parpadea y se apaga. La oscuridad se me echa encima. Ni un sonido, ni una luz, ni un pensamiento. Solo el mar, el nudo en la garganta y un frío que sube desde los dedos hasta el pecho. El que yo era antes se queda en algún lugar ahí, en esa oscuridad. Cierro los ojos con las pocas fuerzas que me quedan. Calor en el hombro. Respira. Abro los ojos: vacío. Y vuelvo a cerrarlos. Una y otra vez. Ser yo mismo la mano que no está. Decirme yo mismo: respira. En algún lugar muy dentro, algo se mueve. Despacio, como el amanecer sobre el agua, que no ves hasta que el cielo ya se ha aclarado.

Y otra vez la piel bajo los dedos. La respiración al compás del mar. El móvil apagado en una mano, la barandilla fría en la otra. Cierro los ojos, y hay calor en el hombro. Respira. Inhala… exhala… inhala.

Los dedos tiemblan y se abren despacio. Sobre la barandilla, sobre el móvil, ahí dentro. No de golpe, y no del todo. La palma se queda abierta, y el viento la roza. Inhala… exhala. El mar respira, el mundo no se ha detenido. Ya es otro.

La barandilla fría bajo la palma. Aire salado. La pantalla apagada, y no le doy la vuelta. La oscuridad sigue ahí, como antes. El nudo en la garganta, y de pronto se va, despacio, con una exhalación. El calor en el hombro no se ha ido. Sobre el agua empieza a clarear, apenas. Dentro del pecho algo brilla, muy tenue, y no sé cómo llamarlo. Inhala… exhala. Y del silencio nace la primera nota.

No estoy solo. Estoy solo conmigo mismo.

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